El tratamiento de los tumores quísticos persistentes de la pelvis ha evolucionado desde la laparotomía exploradora, que era el tratamiento de elección en la década de los 80¢, hasta la laparoscopia que es el método quirúrgico de elección usado en la actualidad para resolver esta patología. Sin embargo, estos procedimientos son costosos, requieren de un área quirúrgica apropiada, entrenamiento previo y pueden producir adherencias anexiales, con la consecuente disminución de la fertilidad.
Con el desarrollo de la ultrasonografía transvaginal (UTV) se ha podido diferenciar, con gran sensibilidad y especificidad, las características de malignidad o benignidad de una lesión quística de la pelvis. Se ha señalado que, en una mujer mayor de 40 años, la posibilidad que una lesión quística de ovario, unilocular, sin papilas ni tabiques en su interior, sea maligna es de 0,3%. Mientras que para quistes multiloculares es de 8%, para tumores mixtos multiloculares de 36% y para tumores sólidos de 39%.
Si a estos parámetros ecográficos se le agregan las características clínicas, como ausencia de ascitis, distensión abdominal, pérdida del apetito, pérdida de peso inexplicable y la ausencia de niveles elevados de marcadores séricos para tumores epiteliales de ovario, la posibilidad de que el tumor quístico sea maligno disminuye todavía más.
Por otro lado, la aspiración folicular de oocitos durante los procedimientos de reproducción asistida (RA) ha evolucionado desde las técnicas iniciales en las que se realizaba una laparotomía ginecológica, pasando por la laparoscopia, hasta los momentos actuales en que se realiza por vía transvaginal, guiada por UTV, con anestesia local y en forma ambulatoria.
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